Hace unos días, un amigo mío me comentaba que las empresas transnacionales han iniciado una masiva contratación de filósofos expertos en ética, para integrar sus políticas en función de algunos valores que eleven la venta de sus productos, de sentido a sus empresas y hagan más rentables sus inversiones. Es una lástima que esa estima por la filosofía y los filósofos no haya llegado a la política.
No creo exagerar si afirmo que en México nuestra adolescente democracia no madura a causa de que la mayoría de los políticos de nuestro país sienten un profundo desprecio por la filosofía. Incluso algunos intelectuales, científicos y artistas, piensan que la filosofía es una actividad estéril y su producto letra muerta. No hay nada más equivocado. La filosofía es ahora más necesaria que nunca, como práctica vital, como reflexión crítica de la realidad, cómo método para integrar el conocimiento y como forma de potenciar la felicidad humana. No hay nada que ilumine más la inteligencia y el quehacer del hombre, que la filosofía.
Todo esto viene al caso, porque el filósofo, novelista y ensayista Leonardo Da Jandra ha publicado recientemente un libro por demás interesante: La Gramática del Tiempo (2009), editado por esa empresa que dignifica a Oaxaca: Almadía.
El nuevo libro de Da Jandra, no es sólo un ensayo filosófico, es además una filosofía vital que se construye en el ámbito del ser oaxaqueño: costeño para ser más precisos. La lectura de este libro es obligada para iluminar nuestras conciencias y darle sentido a nuestro ser y quehacer.
Da Jandra es un autor cuyas novelas ( Entrecruzamientos, Huatulqueños, Samahua, Bajo un sol herido y la más reciente, Almadraba) describen con una prosa tersa la vida en la costa oaxaqueña y las aventuras de personajes fascinantes; pero que no nos engañe el divertimento novelesco de este autor; la obra de Da Jandra no debe leerse con inocencia recreativa. Hay que advertir que la lectura de su obra, y más aún de sus ensayos, exige paciencia y reflexión; pero tenga el lector la seguridad de que quedará no sólo satisfecho y agradecido, sino con el ánimo de emprender su propia búsqueda filosófica.
No he querido reseñar el reciente libro Leonardo de Da Jandra, sino avanzar en algunos conceptos que facilitarán su lectura y creo que la del resto de su obra. Véanse estas notas como primeras hipótesis para una lectura reflexiva de sus textos.
La primera dificultad en la lectura y el estudio de un filósofo vital es su proximidad. La cercanía hace difícil que coincidamos al observar un mismo hecho u objeto, a los que no juzgamos con el mismo criterio porque la contemporaneidad nos obliga a posicionarnos de inmediato ante la vida y surge la diferencia de perspectivas. Cuando se reencuentra al objeto de observación, tan familiar para nosotros, en el discurso o en el texto de un filósofo vital, surge primero el desconcierto, después la duda, porque es difícil aceptar que habiendo estado en el mismo tiempo y en el mismo espacio, alguien haya observado todo de manera tan distinta a nosotros: se niega el lector a la seducción del filósofo. Cuando el lector comprende que el filósofo no pretende seducirlo y que lo que expone es tan sólo su experiencia de la vida, la duda se convierte en admiración; pero el lector debe ir más allá si quiere acercarse al filósofo con la misma sana intención que aquel lo hizo con él. Ese ir más allá es identificarse con el filósofo y aprender a cazar con él, es decir, someter a crítica el texto que se le propone, e iniciar por cuenta propia la práctica de la filosofía vital.
Lo primero es preparar la red para la pesca, lo que significaría para nosotros lectores de un filósofo vital, construir un modelo que permita una lectura crítica del texto. Cuando escribo “crítica”, me refiero a construir una instrumento analítico que permita distinguir lo esencial de lo accesorio, para después profundizar en la comprensión de las propuestas del autor. Luego vendrá la discusión de lo justificable de sus aseveraciones y por tanto someter a análisis la manera en como construye sus conceptos y obtiene sus conclusiones.
Leonardo Da Jandra pretende analizar la forma en como el tiempo y el espacio determinan al sujeto en su comprensión y actuar en el mundo. Este análisis obedece a un objetivo más ambicioso: vivir. Pero no vivir de cualquier manera, sino vivir como un poner en práctica la razón a partir de ubicarse en el mundo. Uno no puede ubicarse en el mundo “en general”, eso es imposible, uno se ubica en el mundo de manera muy específica, comprender esa especificidad en términos de uno mismo en su relación con los demás y el entorno, es establecer una ubicación, un punto desde el cual se puede observar el mundo y filosofar viviendo. Da Jandra se ubica en Huatulco, en un tiempo preciso y en relación con un entorno particular y personas específicas, de aquí pretende asumir un compromiso a partir de su ubicación y ello desencadena su reflexión filosófica.
Da Jandra sabe que asumir un compromiso y cumplirlo, requiere de tomar constantemente decisiones. Tomar una decisión es adoptar por una, entre múltiples opciones. Cuando uno toma una decisión en función de un compromiso adoptado, uno no sabe si ha decidido bien o mal; es decir, si la decisión lo llevará a uno a cumplir con el compromiso o alejarse de él, eso es lo aterrador de la vida, uno no puede anticipar los hechos que vendrán una vez que uno toma una decisión. Para el filósofo vital, tomar una decisión es muy importante porque deriva de la necesidad de cumplir con un compromiso, una vez que se ubica en el mundo y es sólo mediante la decisión que se puede actuar para cumplir con lo propuesto. La decisión es la compuerta que se abre al torrente de la acción. Aquí hay que detenerse un poco. Para Da Jandra no todo hacer es acción. Un hacer adquiere la categoría de acción sólo si es resultado de un compromiso, que implica una decisión, lo demás es un hacer caótico, que no lleva a ningún lado. El concepto de DECISIÓN es nodal en el pensamiento de Da Jandra.
La vida actúa, es decir, es una acción que no requiere una decisión porque obedece a un orden superior; pero es una acción que tiene un límite: la muerte. Entre el nacimiento y la muerte transcurre el río de la vida, y el ser humano está inmerso en ese río que es la vida y para que su ser se deje sentir en ella, debe procurar su propia acción, que es la manera en como su “movimiento” se distinguirá en el “movimiento del río de la vida”. Pero ese actuar requiere de una decisión, que a su vez exige una ubicación previa. Volvemos al concepto de decisión. Para Da Jandra, el tiempo adquiere estructura y sentido para el ser humano, a partir de la decisión. Cuando el ser humano toma una decisión se puede distinguir un pasado, un presente y un futuro, si no toma una decisión no hay un antes ni después porque no hay un referente que haga posible esa distinción, sólo un presente, en el que el sujeto confunde el tiempo de la vida con el tiempo de su propia existencia, su vida, así, es más vegetal que animal.
Pero es indudable que uno tiene conciencia del pasado, del presente y del futuro; en efecto, porque querámoslo o no, hacemos cosas, que implica distinguir entre esas cosas para actuar sobre ellas, pero casi nunca lo hacemos como el filósofo vital, en función de un compromiso. Cuando hacemos cosas en el mundo, tomamos conciencia del pasado, porque nuestro actuar marca un hito en el tiempo: antes de hacer las cosas y ahora que las estamos haciendo, pero ese pasado se nos muestra amorfo, desordenado, sin sentido. ¿Qué relación tiene ese pasado con lo que estamos haciendo? Es muy probable que no tenga ninguna relación, porque ese pasado es el producto del transcurrir de la vida, no de nuestra existencia. El pasado sólo adquiere sentido y orden cuando lo vinculamos con nuestra existencia y ese vínculo sólo se da cuando el sujeto es capaz de tomar decisiones, que insisto, sólo lo son, en sentido estricto, en función de un compromiso.
Cuando el filósofo vital toma una decisión, su pasado adquiere sentido normativo, es decir, descubre la capacidad de que los hechos del pasado regulen su presente y lo orienten en sus decisiones. El origen de esa normatividad que viene del pasado está en el Mito, otro concepto nodal del pensamiento de Da Jandra. Antes de la historia, antes del tiempo existencial, están los mitos cosmogónicos en los que los dioses representan desde su divinidad, la tragedia humana. Cuando los dioses se ubican y toman decisiones, se convierten en héroes, el heroísmo es otro concepto nodal en Da Jandra. Héroe es aquel que asume su compromiso en la adversidad, veremos después que la adversidad es lo que se opone a lo utópico, pero que, al contrario del pensamiento dicotómico, Da Jandra postula la complementariedad de los opuestos: Utopía y adversidad se complementan. Cuando el dios-héroe lucha contra la adversidad, deviene un nuevo orden en el cosmos o se somete trágicamente al preexistente. En los mitos cosmogónicos encontramos la expresión decantada del compromiso que debe ser actualizado en el rito. Cuando los seres humanos ritualizamos los mitos, vinculamos al presente con el pasado.
Este vínculo proyectivo, este actualizar al mito en el presente, mediante el rito, es lo sagrado. El ser humano en su presente, se sacraliza cuando reproduce la cosmogonía original; por eso existir sin ese vínculo con el mito actualizado, es profanar el presente. Lo profano entonces, deriva de la falta de compromiso y por tanto de la incapacidad para tomar decisiones que deriven en una acción heroica. La acción heroica lo es no sólo en tanto afronta una adversidad, sino en tanto que lo hace reproduciendo el mito, actualizándolo en un ritual que evoca la cosmogonía original: ser héroe es reconstruir el cosmos, establecer un nuevo orden, cuando ese nuevo orden se piensa para los demás y para el entorno, no es ya futuro, sino posteridad.
Pero ¿ qué es la posteridad? La posteridad es el compromiso realizado, pero para que el compromiso se cumpla, media la decisión y la acción del sujeto, es decir, es todavía un deseo no realizado, es un bien que no tiene aún lugar en el espacio, sólo se intuye en el tiempo estructurado de manera sagrada, es decir, es una Utopía.
Llegamos ahora al concepto de espacio. Espacio y tiempo son dimensiones que se determinan mutuamente e independientemente, por ahora, no importa discutir si son dimensiones internas al sujeto o externas a él, lo indudable es que constituyen el medio en el que se desarrolla su existencia. Ya vimos cómo se estructura el tiempo a partir del compromiso, la decisión y la acción, veremos ahora cómo se significa el espacio.
El espacio comienza a estructurarse en la existencia a partir de la ubicación del sujeto, de la autoconciencia de su estar en un lugar particular, rodeado de seres específicos, orgánicos e inorgánicos. Sin la ubicación filosófica, el espacio es sólo una dimensión en la que se da la simultaneidad de las cosas posicionadas en él. Cuando el filósofo vital se ubica, asume un compromiso e inicia su acción, es capaz de distinguir entre espacios sagrados y espacios profanos, esta es la forma en como se estructura el espacio desde una existencia heroica.
Un espacio sagrado puede ser una geografía que participa en el mito: un locus de los dioses. De esta manera, es posible identificar una montaña, una cueva, un tipo de planta, un río etc., que tomó parte en un mito cosmogónico, que fue el escenario de la acción de los dioses.
El espacio sagrado puede delimitarse a partir del rito, representación litúrgica del mito cosmogónico. El espacio entonces es la identificación de un topos, animal o planta asociado con el origen del mundo considerado como orden; o puede darse como la delimitación de un área ritual.
En el tiempo presente el espacio sagrado se estructura a partir de la proyección del pasado en el sujeto, quien actualiza al mito sacralizando la acción. La totalidad que constituyen el tiempo (pasado, presente y futuro) y el espacio sagrado, se complementa con la decisión acción del sujeto; a esa totalidad así estructurada, la denomina Da Jandra Estado de Naturaleza.
Al Estado de Naturaleza le corresponde su contrario: el Estado de Derecho. Si el estado de naturaleza es la expresión de la articulación de tiempo y espacio sagrados, en las que se da la acción del sujeto, el Estado de Derecho es la expresión del espacio profano que ahora recibe el nombre de Territorio. El territorio es por excelencia el espacio profano, el que desarticula la relación proyectiva pasado-presente-futuro. Al quedar el tiempo desarticulado en la percepción del sujeto, sólo queda el presente.
El territorio es un espacio en el que el mito cosmogónico ya no es reconocido en la geografía del lugar, ningún rito tiene ya validez para la regulación de la interacción naturaleza-humano o humano-humano; eso corresponde al derecho, quien norma ahora el área del quehacer humano y la profana. El derecho no se vincula con el mito, sino con la historia. Historia y mito son dos caras del pasado que se oponen pero que sin embargo se complementan al constituirse como referencias del quehacer humano.
¿Cómo logra estructurarse el Estado de Derecho? O mejor aún: ¿Cómo logra desestructurarse el tiempo (pasado-presente-futuro) dando lugar al Estado de Derecho? Según Da Jandra, al regular el derecho la vida de los hombres en un territorio, les resta capacidad de decisión y por tanto capacidad de comprometerse con ellos, con los demás y con su entorno. Quien aplica la ley se convierte en el único decidor: el legislador se vuelve ejecutor y el ejecutor tirano, porque a partir de que impone su voluntad, ejerce el poder y trata de eternizarse en él, para lo cual, le resta a los demás su capacidad de decidir convirtiéndolos en masa. La masa es el conglomerado humano que no tiene estructura de tiempo ni de espacio, que ha perdido su capacidad de decidir y se guía ahora por su instinto, por sus temores, por sus ansias, en resumen, por su animalidad.
Al Instituirse el Estado de Derecho como oponente y complemento del Estado de Naturaleza, queda montado el escenario de la sociedad moderna, escenario en el que se vive la tragedia del ser humano presentáneo, determinado por la tensión entre ambos estados, tragedia, porque la agonía moderna del hombre es en absoluto inevitable.
Estas notas no agotan un posible marco de referencia para la lectura de la obra de Leonardo Da Jandra, con ellas pretendo mostrar la necesidad de una lectura sintomática (Althusser) de este autor que le da a Oaxaca el privilegio de ser el referente espacio-temporal de su obra.
Mi deseo es que los lectores inteligentes se acerquen a los textos de Da Jandra y tengan la oportunidad de iluminar sus conciencias y comprometer sus voluntades a la luz de esta filosofía vital.
lunes, 8 de marzo de 2010
miércoles, 24 de febrero de 2010
OAXACA POLíTICO
Se han definido ya los bloques electorales contendientes: "Unidos por la paz y el progreso", que agrupa al PAN,PRD,Convergencia y PT y por otro lado, la "Alianza por la transformación de Oaxaca en el que estarán el PRI y el PVEM. Otras organizaciones participarán en esta lucha electoral, Vgr.: el PUP-MULT y el PANAL, y al hacerlo, quizás como un efecto no deseado, favorecerán a la alianza PRI-PVEN.
Los contendientes principales, se orientan por una estrategia nacional, en la que el objetivo del PRI es el de ganar la presidencia de la república y el del PAN, mantenerse en el poder. Visto así, surge la pregunta: ¿Qué busca en todo esto el PRD? La respuesta es sin duda, la presidencia de la república, pero es claro que no tiene ahora la fuerza para lograrlo y que la preferencia del electorado hoy no lo favorece.
La alianza tendría entonces sentido estratégico para el PAN, pero no así para el PRD. Sin embargo, la alianza podría tener un valor táctico para el PRD, porque prodría ganar las elecciones locales y hacerse de una gubernatura; pero aún así, estaría por verse, si el candidato fuera el senador Gabino Cué, a quién favorecería éste: al PAN o a Andrés Manuel López Obrador, lo que es seguro, es que no favorecerá al PRD. De esta manera, aun la ganancia táctica se esfuma para ese partido.
En cuanto al PAN, he dicho que la alianza le favorece en su proyecto electoral nacional; pero en el escenario local no, porque como lo reconocen algunos panistas,el PAN en Oaxaca no tiene estructura partidista y su militancia es muy reducida, de modo que la alianza con el PRD, no hará más que acentuar la ausencia del PAN en la entidad, lo cual no es de ningún modo favorable para ese partido si la mira está puesta en el 2012.
Vemos entonces cómo el PAN y el PRD, tienen contrapesos en sus estrategias que los ponen en dificultades y que ignoro cómo lograrán balancear. Por otra parte en los avances electorales del PAN hacia el 2012, influirá el desempeño del gobierno del presidente Calderón que no las tiene todas consigo y menos ahora que rompió su promesa de no aliarce al PRD en este año: el PRI y sus aliados, se encargarán de que la presidencia de Calderón no avance lo suficiente como para mejorar su posición electoral.
En cuanto al PRI, en el caso de Oaxaca, no observo posibles contradicciones entre su estrategia nacional y su dinámica local. Los posibles aspirantes priístas a la presidencia de la república, no están en condiciones de sugerirle al gobernador Ulises Ruiz un candidato a sucederlo. Por el contrario, el candidato presidencial que surja, tendrá que convenir el apoyo de Oaxaca con el gobernador en funciones. Igual que en caso del PAN, el candidato del PRI, tendrá que dejar buenos resultados de su desempeño como funcionario público, aunque ciertamente, este efecto será menor que para el caso del PAN, en su posicionamiento electoral.
Parece que el principal problema del PRI en Oaxaca, se refiere a su dinámica interna. He afirmado en otro lugar, que la presencia de una pluralidad de aspirantes no afectará la unidad del PRI, porque ésta es un asunto más de cultura política que de la personalidad del precandidato o la forma de su elección. El priísta promedio está acostumbrado a la disciplina y al mando vertical y no le será extraño que el PRI en Oaxaca siga funcionando como lo ha hecho durante ochenta años.
Acepto sin embargo que no es posible "medir" el grado en que esa cultura política se ha deteriorado y por lo tanto si las personalidades inconformes puedan operar un efecto contrario a la voluntad del llamado Gran Elector.Por lo pronto Eviel Pérez Magaña parece ser el elegido para representar al PRI en las próximas elecciones locales.Si así fuera, algunos proponen no perder de vista un escenario extremo, en el que se anulen las elecciones por efectos de los votos de la oposición y del "fuego amigo"; pero insisto, esto dependería de que la cultura priísta y los arreglos con los inconformes y los líderes locales no funcionaran, lo que me parece poco probable.
Bajo cualquier escenario posible, quien sea el gobernador de Oaxaca, tendrá que ocuparse inmediatamente de los problemas no electorales de la entidad y que lastiman al pueblo de Oaxaca. El estado necesita una reconstrucción de su tejido social, lo que exige del próximo gobernador una actitud de apertura a todas las corrientes de opinión. El peor error que cometería quien gobierne Oaxaca el próximo sexenio, sería encerrarse en un bunker rodeado de amigos y aduladores.
Oaxaca necesita una integración territorial, que requiere del crecimiento de la infraestructura carretera, le urge un programa de desarrollo social que además de darle peso a la salud se lo dé también a la educación pública, sobre todo en los niveles medio y superior, y por último, sin que esto agote la agenda, promover la inversión publica y privada para la generación de empleo. En esto último convendría no apostarle al turismo al 100%, sino buscar desarrollos alternativos, como la producción de energía limpia, la exportación de productos competitivos, la agroindustria, el desarrollo de empresas sociales, la industria maquiladora y el desarrollo de software para la industria cibernética.Habrá muchos nichos de mercado que podrían evaluarse por expertos, la cuestión es que una acción en ese sentido no puede esperar más tiempo.
Los temas de la integración política, social y territorial de Oaxaca, junto a una estrategia viable de desarrollo son ahora impostergables. Caso especial es el combate al crimen organizado, para lo cual se requiere un acuerdo explícito con el gobierno federal, intentar combatirlo en las actuales condiciones solo traería más problemas. Urge fortalecer el estado de derecho. Quienes gobiernen Oaxaca harían bien en ir previendo soluciones al respecto, porque más que una estrategia nacional electoral, lo que está en juego es el futuro de Oaxaca.
Los contendientes principales, se orientan por una estrategia nacional, en la que el objetivo del PRI es el de ganar la presidencia de la república y el del PAN, mantenerse en el poder. Visto así, surge la pregunta: ¿Qué busca en todo esto el PRD? La respuesta es sin duda, la presidencia de la república, pero es claro que no tiene ahora la fuerza para lograrlo y que la preferencia del electorado hoy no lo favorece.
La alianza tendría entonces sentido estratégico para el PAN, pero no así para el PRD. Sin embargo, la alianza podría tener un valor táctico para el PRD, porque prodría ganar las elecciones locales y hacerse de una gubernatura; pero aún así, estaría por verse, si el candidato fuera el senador Gabino Cué, a quién favorecería éste: al PAN o a Andrés Manuel López Obrador, lo que es seguro, es que no favorecerá al PRD. De esta manera, aun la ganancia táctica se esfuma para ese partido.
En cuanto al PAN, he dicho que la alianza le favorece en su proyecto electoral nacional; pero en el escenario local no, porque como lo reconocen algunos panistas,el PAN en Oaxaca no tiene estructura partidista y su militancia es muy reducida, de modo que la alianza con el PRD, no hará más que acentuar la ausencia del PAN en la entidad, lo cual no es de ningún modo favorable para ese partido si la mira está puesta en el 2012.
Vemos entonces cómo el PAN y el PRD, tienen contrapesos en sus estrategias que los ponen en dificultades y que ignoro cómo lograrán balancear. Por otra parte en los avances electorales del PAN hacia el 2012, influirá el desempeño del gobierno del presidente Calderón que no las tiene todas consigo y menos ahora que rompió su promesa de no aliarce al PRD en este año: el PRI y sus aliados, se encargarán de que la presidencia de Calderón no avance lo suficiente como para mejorar su posición electoral.
En cuanto al PRI, en el caso de Oaxaca, no observo posibles contradicciones entre su estrategia nacional y su dinámica local. Los posibles aspirantes priístas a la presidencia de la república, no están en condiciones de sugerirle al gobernador Ulises Ruiz un candidato a sucederlo. Por el contrario, el candidato presidencial que surja, tendrá que convenir el apoyo de Oaxaca con el gobernador en funciones. Igual que en caso del PAN, el candidato del PRI, tendrá que dejar buenos resultados de su desempeño como funcionario público, aunque ciertamente, este efecto será menor que para el caso del PAN, en su posicionamiento electoral.
Parece que el principal problema del PRI en Oaxaca, se refiere a su dinámica interna. He afirmado en otro lugar, que la presencia de una pluralidad de aspirantes no afectará la unidad del PRI, porque ésta es un asunto más de cultura política que de la personalidad del precandidato o la forma de su elección. El priísta promedio está acostumbrado a la disciplina y al mando vertical y no le será extraño que el PRI en Oaxaca siga funcionando como lo ha hecho durante ochenta años.
Acepto sin embargo que no es posible "medir" el grado en que esa cultura política se ha deteriorado y por lo tanto si las personalidades inconformes puedan operar un efecto contrario a la voluntad del llamado Gran Elector.Por lo pronto Eviel Pérez Magaña parece ser el elegido para representar al PRI en las próximas elecciones locales.Si así fuera, algunos proponen no perder de vista un escenario extremo, en el que se anulen las elecciones por efectos de los votos de la oposición y del "fuego amigo"; pero insisto, esto dependería de que la cultura priísta y los arreglos con los inconformes y los líderes locales no funcionaran, lo que me parece poco probable.
Bajo cualquier escenario posible, quien sea el gobernador de Oaxaca, tendrá que ocuparse inmediatamente de los problemas no electorales de la entidad y que lastiman al pueblo de Oaxaca. El estado necesita una reconstrucción de su tejido social, lo que exige del próximo gobernador una actitud de apertura a todas las corrientes de opinión. El peor error que cometería quien gobierne Oaxaca el próximo sexenio, sería encerrarse en un bunker rodeado de amigos y aduladores.
Oaxaca necesita una integración territorial, que requiere del crecimiento de la infraestructura carretera, le urge un programa de desarrollo social que además de darle peso a la salud se lo dé también a la educación pública, sobre todo en los niveles medio y superior, y por último, sin que esto agote la agenda, promover la inversión publica y privada para la generación de empleo. En esto último convendría no apostarle al turismo al 100%, sino buscar desarrollos alternativos, como la producción de energía limpia, la exportación de productos competitivos, la agroindustria, el desarrollo de empresas sociales, la industria maquiladora y el desarrollo de software para la industria cibernética.Habrá muchos nichos de mercado que podrían evaluarse por expertos, la cuestión es que una acción en ese sentido no puede esperar más tiempo.
Los temas de la integración política, social y territorial de Oaxaca, junto a una estrategia viable de desarrollo son ahora impostergables. Caso especial es el combate al crimen organizado, para lo cual se requiere un acuerdo explícito con el gobierno federal, intentar combatirlo en las actuales condiciones solo traería más problemas. Urge fortalecer el estado de derecho. Quienes gobiernen Oaxaca harían bien en ir previendo soluciones al respecto, porque más que una estrategia nacional electoral, lo que está en juego es el futuro de Oaxaca.
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viernes, 12 de febrero de 2010
¡Haití!
Al perro más flaco se le cargan las pulgas, dice un dicho popular; Haití, uno de los países más pobres de América Latina, sufre la catástrofe originada por un gran sismo.
La capital, Puerto Príncipe, la ciudad misteriosa y fascinante descrita en los relatos de Alejo Carpentier, fue destruida por el terremoto. Miles de muertos y heridos ( se habla de más de cien mil), una población que sufre un dolor indescriptible por la pérdida de sus seres queridos, asustada, hambrienta y desconcertada, un gobierno prácticamente desaparecido, la violencia y el saqueo agravan la situación de emergencia: Haití se debate entre la vida y la muerte.
La historia de ese país es la de un pueblo que no parece encontrar su derrotero hacia la paz y el desarrollo. Lograda su independencia, no le fue posible construir un régimen democrático, las dictaduras, y las consecuentes luchas intestinas sembraron el terror, la destrucción y la muerte. Hace pocos años los organismos de paz de la Organización de Naciones Unidas intervinieron para intentar reestablecer el orden; las cosas parecieron mejorar, pero el sismo derribó las esperanzas.
El terremoto que azotó a Haití, mató a miles de hombres, mujeres y niños y el mundo entero se conmueve ante la magnitud de la desgracia. Las declaraciones de duelo y solidaridad no se hicieron esperar, la ayuda humanitaria comenzó a fluir hacia el país hermano; pero los alimentos, el agua, las medicinas y casi todo lo que ha llegado a Haití, no se ha podido entregar a los sobrevivientes porque no hay manera de hacerlo, la población ha debilitado tanto sus vínculos sociales que es incapaz de organizarse y afloran en ella los instintos más primitivos de supervivencia.
En el terremoto de 1989, que asoló al Distrito Federal en nuestro país, la sociedad se organizó ante un gobierno azorado que no acertaba a actuar; se iniciaron los rescates y comenzó a darse el apoyo a los damnificados. Esta acción autogestionaria de la sociedad civil en México, no se observa en la devastada Haití.
A la pobreza de Haití se agrega su debilidad social. Es un pueblo golpeado por la crisis económica, sangrado por sus dictaduras, con frágiles instituciones políticas y una sociedad amorfa.
Un pueblo vulnerable, lo es por muchas causas, pero quizás la más grave sea el debilitamiento de sus vínculos sociales. Cuando una catástrofe natural o de cualquier tipo, se ensaña contra un pueblo, la fortaleza de sus vínculos sociales, expresada en sus instituciones, su capacidad de organizarse, su experiencia comunitaria y capacidad de acción concertada, lo hacen menos vulnerable; cuando la situación es la contraria, pasa lo que hoy vemos en Haití.
Haití provoca hoy en mí varios sentimientos: uno de consternación y duelo por la suerte de millones de personas y otro de preocupación egoísta: ¿A qué grado se han debilitado en México los vínculos sociales? ¿ Seremos capaces de afrontar con integridad un desastre similar o cualquier otro, de naturaleza distinta, pero de efectos parecidos?
Lo que sucede en Haití arroja varias lecciones: un pueblo debilitado en sus vínculos sociales, no puede aprovechar la ayuda externa en una situación de emergencia; por tanto la estrategia de ayuda humanitaria internacional debe revisarse. En las anteriores circunstancias, hay que atribuirle a los fenómenos naturales, el carácter de factores sociológicos, pues son capaces de provocar cambios drásticos en la sociedad. En México, si llegamos a una situación parecida a la de Haití en el debilitamiento del vínculo social, un terremoto, una sequía o una epidemia, pueden provocar una revuelta social, como ha sucedido en otros momentos de nuestra historia.
No tenemos mucho tiempo para prepararnos, porque los fenómenos naturales, a diferencia de los económicos o políticos, son azarosos e implacables. Debemos comenzar ahora.
La capital, Puerto Príncipe, la ciudad misteriosa y fascinante descrita en los relatos de Alejo Carpentier, fue destruida por el terremoto. Miles de muertos y heridos ( se habla de más de cien mil), una población que sufre un dolor indescriptible por la pérdida de sus seres queridos, asustada, hambrienta y desconcertada, un gobierno prácticamente desaparecido, la violencia y el saqueo agravan la situación de emergencia: Haití se debate entre la vida y la muerte.
La historia de ese país es la de un pueblo que no parece encontrar su derrotero hacia la paz y el desarrollo. Lograda su independencia, no le fue posible construir un régimen democrático, las dictaduras, y las consecuentes luchas intestinas sembraron el terror, la destrucción y la muerte. Hace pocos años los organismos de paz de la Organización de Naciones Unidas intervinieron para intentar reestablecer el orden; las cosas parecieron mejorar, pero el sismo derribó las esperanzas.
El terremoto que azotó a Haití, mató a miles de hombres, mujeres y niños y el mundo entero se conmueve ante la magnitud de la desgracia. Las declaraciones de duelo y solidaridad no se hicieron esperar, la ayuda humanitaria comenzó a fluir hacia el país hermano; pero los alimentos, el agua, las medicinas y casi todo lo que ha llegado a Haití, no se ha podido entregar a los sobrevivientes porque no hay manera de hacerlo, la población ha debilitado tanto sus vínculos sociales que es incapaz de organizarse y afloran en ella los instintos más primitivos de supervivencia.
En el terremoto de 1989, que asoló al Distrito Federal en nuestro país, la sociedad se organizó ante un gobierno azorado que no acertaba a actuar; se iniciaron los rescates y comenzó a darse el apoyo a los damnificados. Esta acción autogestionaria de la sociedad civil en México, no se observa en la devastada Haití.
A la pobreza de Haití se agrega su debilidad social. Es un pueblo golpeado por la crisis económica, sangrado por sus dictaduras, con frágiles instituciones políticas y una sociedad amorfa.
Un pueblo vulnerable, lo es por muchas causas, pero quizás la más grave sea el debilitamiento de sus vínculos sociales. Cuando una catástrofe natural o de cualquier tipo, se ensaña contra un pueblo, la fortaleza de sus vínculos sociales, expresada en sus instituciones, su capacidad de organizarse, su experiencia comunitaria y capacidad de acción concertada, lo hacen menos vulnerable; cuando la situación es la contraria, pasa lo que hoy vemos en Haití.
Haití provoca hoy en mí varios sentimientos: uno de consternación y duelo por la suerte de millones de personas y otro de preocupación egoísta: ¿A qué grado se han debilitado en México los vínculos sociales? ¿ Seremos capaces de afrontar con integridad un desastre similar o cualquier otro, de naturaleza distinta, pero de efectos parecidos?
Lo que sucede en Haití arroja varias lecciones: un pueblo debilitado en sus vínculos sociales, no puede aprovechar la ayuda externa en una situación de emergencia; por tanto la estrategia de ayuda humanitaria internacional debe revisarse. En las anteriores circunstancias, hay que atribuirle a los fenómenos naturales, el carácter de factores sociológicos, pues son capaces de provocar cambios drásticos en la sociedad. En México, si llegamos a una situación parecida a la de Haití en el debilitamiento del vínculo social, un terremoto, una sequía o una epidemia, pueden provocar una revuelta social, como ha sucedido en otros momentos de nuestra historia.
No tenemos mucho tiempo para prepararnos, porque los fenómenos naturales, a diferencia de los económicos o políticos, son azarosos e implacables. Debemos comenzar ahora.
domingo, 10 de enero de 2010
CUANDO EL PASADO NOS ALCANCE
Hemos llegado al 2010 y cobran fuerza las profecías. La historia muestra que casi todas las naciones en crisis, presentan el mismo fenómeno: el hartazgo social se sublima en evangelios o se expresa en amargas profecías. En México sucede algo similar, los profetas de la revolución anuncian la insurrección armada del pueblo; no se dan cuenta que el levantamiento popular comenzó hace diez años.
La guerra que vivimos en estos tiempos, ciertamente es la expresión de la lucha violenta contra el crimen organizado; pero no hay que perder de vista que quienes hoy toman las armas contra el ejército nacional, son mexicanos que al parecer no vieron otra alternativa que la ilegalidad y hacer la guerra a las instituciones. Es parte del pueblo en armas, que combate sin el romanticismo de la revolución, es una lucha contra el crimen que toma la forma de guerra civil. Nuestros profetas no están equivocados, sólo predican con retraso.
Nadie niega la necesidad de combatir al narcotráfico y someterlo al orden constitucional, pero debemos reconocer que quienes mueren del otro lado, son mexicanos y que es doloroso que muera uno sólo de nosotros, por la razón que sea. De modo que urge superar esta situación de violencia y muerte, y para ello necesitamos de un gobierno fuerte, legitimado sin sombra de duda y ciertamente al servicio de todos los mexicanos.
La crisis económica no es la mejor condición para resolver el problema del narcotráfico, ni ningún otro. Las medidas adoptadas por el gobierno federal no son una solución para el pueblo, sino para que una minoría pueda sortear la crisis económica a expensas de los demás. Está más que documentado que existen formas de superar la situación que actualmente vive el país, lo que no hay es voluntad de resolver las dificultades con base en el bien común. Por eso, entre otras cosas, es necesario transformar el sistema político, de manera que lleguen al gobierno y sean representantes del pueblo, nuestros mejores hombres y mujeres.
Si se realizara la reforma política, nos quedaría aún el problema de la eticidad en dicha actividad. Este es un asunto que se resuelve con una educación de nuevo tipo, pero no podemos, por ahora, más que confiar que existen hombres y mujeres con la moral necesaria para poner en movimiento las potestas de las que habla Enrique Dussel ( Política de la liberación. Vol. II. Ed. Trotta.2009)
Pero una transformación política sin contenido, es como un barco sin rumbo, que cuenta con un buen capitán y una tripulación experta; pero sin la menor idea del puerto en el que habrán de atracar. Es por tanto también necesario, darle contenido a la reforma política, dar respuesta a la pregunta: ¿Qué país queremos?.
La revista Nexos publicó en su último número, los resultados de una encuesta en la que se le pregunta a los mexicanos qué tipo de país les gustaría que fuera México. Por la ingenuidad y lo irrelevante de sus resultados, no me parece de interés comentar las conclusiones del estudio; sólo diré que esa no es la forma de hacer las cosas; sin duda hay otra, a la que me referiré enseguida:
Desafortunadamente, la mayoría de los mexicanos, agobiados por la pobreza y la marginación, resumen su sentir en la necesidad de seguridad, alimento, salud y tal vez educación; es decir, lo que cualquier persona de cualquier país querría para sí y para su familia. Esos mexicanos no tienen tiempo ni paciencia para diseñar el sistema social que sería capaz de dotarlos de todo aquello que necesitan, esa es tarea de los hombres y mujeres ilustrados de México, en ellos cabe delegar esa función en la medida en que se comprometan a hacerlo por el bien común.
Hoy que los festejos del bicentenario de la Independencia nacional y el centenario de la Revolución de 1910 se iniciarán, bien podría realizarse un programa conmemorativo sobre tres ejes: un programa nacional anticrisis, un frente nacional por la transformación del sistema político y un proceso de reflexión histórica sobre nuestra independencia nacional y la revolución social.
La primera tarea le corresponde al gobierno y a quienes actúan en el campo de lo económico, la segunda al pueblo organizado y a quienes se asumen como sus representantes y la última a los intelectuales del país.
La reflexión histórica sobre la independencia y la revolución, debe orientarse hacia la formulación de un balance del estado que guarda la nación después de doscientos años de independencia y un siglo de revolución, y las perspectivas que se nos presentan para cumplir con los objetivos planteados para México desde esos dos procesos históricos, que son mediados, además, por la construcción de la república liberal juarista.
Es esa una tarea difícil y compleja; pero impostergable. Si el 2010 es un año definitivo, lo es por la necesidad de construir un proyecto de nación que le dé sentido y coherencia a nuestro desarrollo y no por la fatalidad de una insurrección social, que como he dicho, ha iniciado ya en cierta forma.
En Oaxaca, las comisiones públicas de los festejos de la independencia y la revolución deberían propiciar un programa con la orientación señalada, de lo contrario, bastará con algunos juegos florales, dos o tres publicaciones y un concurso de oratoria para que se den por satisfechos. Todo habrá sido en vano.
Si por el contrario asumen, desde la función pública, un compromiso con los dos procesos históricos que pretenden celebrar, al menos tendrían que incluir los dos últimos ejes del programa propuesto. Los profesionistas, intelectuales, artistas, las universidades e institutos de educación superior y las organizaciones sociales, tienen mucho que aportar a la luz de lo que significan la independencia y la revolución mexicanas. Este año del 2010, podemos aprovecharlo para formular el proyecto de país que anhelamos, acotado por lo que nos dice la experiencia de nuestra propia historia.
Cuando sepamos servirnos de la historia para comprender nuestro presente y potenciar nuestra capacidad para diseñar el futuro, cuando el pasado nos alcance en nuestro alocada huida hacia un futuro incierto, los mexicanos seremos un pueblo poderoso y justo, capaz de construir una gran nación, rica, equitativa e independiente. Oaxaca tiene mucho que hacer en todo esto.
La guerra que vivimos en estos tiempos, ciertamente es la expresión de la lucha violenta contra el crimen organizado; pero no hay que perder de vista que quienes hoy toman las armas contra el ejército nacional, son mexicanos que al parecer no vieron otra alternativa que la ilegalidad y hacer la guerra a las instituciones. Es parte del pueblo en armas, que combate sin el romanticismo de la revolución, es una lucha contra el crimen que toma la forma de guerra civil. Nuestros profetas no están equivocados, sólo predican con retraso.
Nadie niega la necesidad de combatir al narcotráfico y someterlo al orden constitucional, pero debemos reconocer que quienes mueren del otro lado, son mexicanos y que es doloroso que muera uno sólo de nosotros, por la razón que sea. De modo que urge superar esta situación de violencia y muerte, y para ello necesitamos de un gobierno fuerte, legitimado sin sombra de duda y ciertamente al servicio de todos los mexicanos.
La crisis económica no es la mejor condición para resolver el problema del narcotráfico, ni ningún otro. Las medidas adoptadas por el gobierno federal no son una solución para el pueblo, sino para que una minoría pueda sortear la crisis económica a expensas de los demás. Está más que documentado que existen formas de superar la situación que actualmente vive el país, lo que no hay es voluntad de resolver las dificultades con base en el bien común. Por eso, entre otras cosas, es necesario transformar el sistema político, de manera que lleguen al gobierno y sean representantes del pueblo, nuestros mejores hombres y mujeres.
Si se realizara la reforma política, nos quedaría aún el problema de la eticidad en dicha actividad. Este es un asunto que se resuelve con una educación de nuevo tipo, pero no podemos, por ahora, más que confiar que existen hombres y mujeres con la moral necesaria para poner en movimiento las potestas de las que habla Enrique Dussel ( Política de la liberación. Vol. II. Ed. Trotta.2009)
Pero una transformación política sin contenido, es como un barco sin rumbo, que cuenta con un buen capitán y una tripulación experta; pero sin la menor idea del puerto en el que habrán de atracar. Es por tanto también necesario, darle contenido a la reforma política, dar respuesta a la pregunta: ¿Qué país queremos?.
La revista Nexos publicó en su último número, los resultados de una encuesta en la que se le pregunta a los mexicanos qué tipo de país les gustaría que fuera México. Por la ingenuidad y lo irrelevante de sus resultados, no me parece de interés comentar las conclusiones del estudio; sólo diré que esa no es la forma de hacer las cosas; sin duda hay otra, a la que me referiré enseguida:
Desafortunadamente, la mayoría de los mexicanos, agobiados por la pobreza y la marginación, resumen su sentir en la necesidad de seguridad, alimento, salud y tal vez educación; es decir, lo que cualquier persona de cualquier país querría para sí y para su familia. Esos mexicanos no tienen tiempo ni paciencia para diseñar el sistema social que sería capaz de dotarlos de todo aquello que necesitan, esa es tarea de los hombres y mujeres ilustrados de México, en ellos cabe delegar esa función en la medida en que se comprometan a hacerlo por el bien común.
Hoy que los festejos del bicentenario de la Independencia nacional y el centenario de la Revolución de 1910 se iniciarán, bien podría realizarse un programa conmemorativo sobre tres ejes: un programa nacional anticrisis, un frente nacional por la transformación del sistema político y un proceso de reflexión histórica sobre nuestra independencia nacional y la revolución social.
La primera tarea le corresponde al gobierno y a quienes actúan en el campo de lo económico, la segunda al pueblo organizado y a quienes se asumen como sus representantes y la última a los intelectuales del país.
La reflexión histórica sobre la independencia y la revolución, debe orientarse hacia la formulación de un balance del estado que guarda la nación después de doscientos años de independencia y un siglo de revolución, y las perspectivas que se nos presentan para cumplir con los objetivos planteados para México desde esos dos procesos históricos, que son mediados, además, por la construcción de la república liberal juarista.
Es esa una tarea difícil y compleja; pero impostergable. Si el 2010 es un año definitivo, lo es por la necesidad de construir un proyecto de nación que le dé sentido y coherencia a nuestro desarrollo y no por la fatalidad de una insurrección social, que como he dicho, ha iniciado ya en cierta forma.
En Oaxaca, las comisiones públicas de los festejos de la independencia y la revolución deberían propiciar un programa con la orientación señalada, de lo contrario, bastará con algunos juegos florales, dos o tres publicaciones y un concurso de oratoria para que se den por satisfechos. Todo habrá sido en vano.
Si por el contrario asumen, desde la función pública, un compromiso con los dos procesos históricos que pretenden celebrar, al menos tendrían que incluir los dos últimos ejes del programa propuesto. Los profesionistas, intelectuales, artistas, las universidades e institutos de educación superior y las organizaciones sociales, tienen mucho que aportar a la luz de lo que significan la independencia y la revolución mexicanas. Este año del 2010, podemos aprovecharlo para formular el proyecto de país que anhelamos, acotado por lo que nos dice la experiencia de nuestra propia historia.
Cuando sepamos servirnos de la historia para comprender nuestro presente y potenciar nuestra capacidad para diseñar el futuro, cuando el pasado nos alcance en nuestro alocada huida hacia un futuro incierto, los mexicanos seremos un pueblo poderoso y justo, capaz de construir una gran nación, rica, equitativa e independiente. Oaxaca tiene mucho que hacer en todo esto.
sábado, 2 de enero de 2010
EL MATRIMONIO LÉSBICO-GAY. ¿REFORMA DE LA REVOLUCIÓN?
El 22 de diciembre de 2009, los medios de comunicación, sobre todo la prensa escrita, dieron a conocer que la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, había reformado el código civil para ese territorio, modificando lo relativo al matrimonio y permitiendo la adopción de niños por parejas lésbico-gays.
La reacción fue casi inmediata, los sectores más conservadores de México manifestaron su desacuerdo y reprobaron la reforma. La jerarquía de la iglesia católica, y poco después los pastores de las denominaciones evangelistas, hicieron lo mismo, señalando que el matrimonio entre personas del mismo sexo era inadmisible y que esa institución y sacramento, estaba reservado sólo para realizarse entre hombres y mujeres y cuyo fin primordial era procrear y dar lugar a una familia.
La reforma del código civil, que permite ahora el matrimonio entre personas del mismo sexo, es el resultado de una larga lucha de la comunidad lésbico-gay, contra la represión, la discriminación y la conculcación de sus derechos.
Hasta hace apenas tres décadas, los homosexuales en México eran objeto de razzias, violencia y cárcel por parte de las autoridades, sin importar que se violaran sus derechos más elementales. Además de la represión del Estado, muchos homosexuales sufrían el desprecio de sus propios padres y hermanos en sus familias al grado que no pocos, decidieron suicidarse porque consideraban la situación insoportable para un ser humano.
En México los homosexuales tenían que vivir prácticamente en la clandestinidad: en su casa, en la escuela, en el trabajo y hasta en los lugares públicos, la población lésbico-gay debía ocultarse para no ser objeto de burla y violencia, sólo por tener preferencias sexuales diferentes a las llamadas “normales”.
Ningún ser humano deja de serlo por el color de su piel, por sus creencias, nacionalidad, sexo, edad o preferencia erótica, por tanto, sus derechos humanos y constitucionales, no pierden vigencia en ningún lugar, en ningún momento y por ningún motivo.
En muchas partes del mundo, y particularmente en nuestro país, se discriminaba, reprimía y violaban los derechos de la población lésbico-gay; y lo que ya era mucho pedir: se negaba la posibilidad de crear instituciones y leyes mediante las cuales el resultado de sus preferencias sexuales, estuviera regulado y tutelado por el Estado y la sociedad.
Fue hasta los años 70s que algunas organizaciones como el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR), el Grupo Lambda de Acción Homosexual y el Grupo Autónomo de Lesbianas Oikabet, decidieron emprender una lucha frontal y abierta contra las razzias y la defensa de los derechos de la población lésbico-gay. El resultado de las movilizaciones fue, en primer lugar, el crecimiento en número de los participantes en la lucha: los homosexuales ocultos en el closet, salieron a la luz pública insumisos y dispuestos a defender su dignidad humana.
La represión de la policía se detuvo en parte y las familias comenzaron a cuestionarse las actitudes discriminatorias y hasta de odio hacia sus hijos o hijas con preferencias sexuales diferentes, ese fue el segundo resultado importante; pero la lucha por los derechos homosexuales, aún no comenzaba.
Los intelectuales de las organizaciones lésbico-gays, discutían y cuestionaban diferentes aspectos del marco legal vigente, que directa o indirectamente violentaban o negaban los derechos de los homosexuales. El código penal era uno de los referentes en donde más claramente se discriminaba o se violaban los derechos de la poblaciónn lésbico-gay: delitos que se agravaban por la condición de ser homosexual, la propia homosexualidad considerada como un delito, prejuicios implícitos en la norma jurídica mediante los cuales, policías, ministerios públicos y jueces, asumían la naturaleza “maligna” del homosexual.
En el ámbito del derecho laboral la situación no era mejor. Aunque la homosexualidad no es causa de despido o motivo de sanción, la represión contra los homosexuales se ejerce a partir de considerar la “probidad” del trabajador y del pretexto de que la figura del homosexual lastima la “moral pública” y las “buenas costumbres”.
En el ámbito de lo civil, la comunidad lésbico-gay en México, no se había planteado la posibilidad del matrimonio que era visto como una institución heterosexual, aburguesada y represiva. Las consignas de los años setenta y ochenta dicen mucho acerca de lo que la comunidad lésbico-gay pensaba sobre el matrimonio, en sus marchas cantaban una parodia de la canción:
“No señor yo no me casaré
estoy enamorado pero de un hombre gay” (Para el caso de las lesbianas el final se cambiaba por . . .de otra mujer)
Las parejas homoeróticas vivían sus vidas con discreción, sufrían el desprecio de sus familias y la intolerancia de sus vecinos, pero en general su intimidad no se lastimaba. Algo inesperado surgió que modificó radicalmente la vida de las parejas lésbico-gay, sobre todo de estas últimas: el SIDA.
La agresividad de ese mal y su alta mortalidad, minó a la población gay: desprovista de cuidados médicos, sujeta a despidos y al desprecio de sus propios familiares, un homosexual enfermo de SIDA, no tenía ninguna posibilidad de vida, sólo su pareja, si la tenía, se ocupaba de él.
Ante la posibilidad real de morir de manera imprevista, las parejas, sobre todo gays, se cuestionaron seriamente el problema de la herencia y la seguridad social: ¿Cómo proteger a sus parejas? ¿Cómo garantizar que sus bienes no fueran objeto de rapiña de los familiares cercanos? ¿Qué medidas tomar para que su pareja enferma, sin empleo, abandonado por sus familiares y sin dinero, tuviera asistencia médica y pasara tranquila sus últimos días?
Nadie parece preguntarse por la tragedia de esos hombre y mujeres que por el hecho de ser homosexuales, veían morir a sus parejas sin tener ninguna posibilidad de ayudarlos o sufrir ellos mismos una muerte angustiosa mientras veían a su ser amado llorar impotente su desgracia.
A partir de esta nueva condición que planteaba el SIDA, la comunidad lésbico-gay, comenzó a cuestionar la posibilidad del reconocimiento legal de su unión en pareja, de modo que se garantizaran derechos similares al del matrimonio. Esta nueva etapa de su lucha se prolongó hasta el 16 de noviembre de 2006, fecha en la que se decretó la Ley de Sociedades de Convivencia para el Distrito Federal; norma que garantizaba ciertos derechos a las parejas lésbico-gays, pero aún incompleta.
En mi opinión la lucha seguiría un rumbo que llevaría a reformas sociales de trascendencia, el potencial transformador del movimiento lésbico-gay hacían suponer eso; sin embargo, terminó por subsumirse a una institución en crisis, como el matrimonio. Al parecer, prevaleció más el resentimiento de la comunidad lésbico-gay que su conciencia creativa y transformadora, la consigna fue: no someterse a la discriminación a costa incluso, de perder su capacidad revolucionaria.
¿Por qué el movimiento lésbico-gay prefirió someterse a una institución en crisis, en vez de crear nuevas, y además una conciencia diferente en la sociedad ante su realidad innegable?
Hoy tenemos la evidencia de que el matrimonio es una institución que no garantiza la realización de sus supuestos fines. Estudios internacionales y nacionales, teorías y prácticas documentadas, nos muestran la realidad de la sociedad actual, donde los divorcios se incrementan, la violencia intrafamiliar es motivo de alarma social y un nuevo tipo de familia monoparental está surgiendo. En México, la separación de las parejas heterosexuales casadas, se da en un alto porcentaje, sin recurrir a la disolución legal que es el divorcio, incluyendo aquellas uniones donde el matrimonio religioso se realizó. Las generaciones más jóvenes han recurrido al expediente de las uniones consensuales premaritales como forma de prevenir los desastres del matrimonio. La sociedad moderna está necesitada de un cambio radical de la forma en como se legaliza la unión de las parejas, ya que la actual institución se ha judicializado tanto, que se asume, antes del matrimonio, que dos posibles delincuentes contraerán nupcias.
Si hay algo criticable en la reforma al código civil del distrito federal que permite el matrimonio homosexual, es que quienes lo impulsaron buscaron más la publicidad electoral que la defensa de los derechos de la población lésbico-gay; que quienes apoyaron la reforma desde las organizaciones lésbico-gays, lo hicieron creyendo que el resentimiento se expresa mejor como consigna en una lucha contra la discriminación.
No me referiré ahora al tema de la adopción de niños por parte de las parejas homosexuales, terminaré diciendo que lamento que la comunidad lésbico-gay pierda gradualmente su potencial revolucionario y se regocije por sus pírricas victorias.
La reacción fue casi inmediata, los sectores más conservadores de México manifestaron su desacuerdo y reprobaron la reforma. La jerarquía de la iglesia católica, y poco después los pastores de las denominaciones evangelistas, hicieron lo mismo, señalando que el matrimonio entre personas del mismo sexo era inadmisible y que esa institución y sacramento, estaba reservado sólo para realizarse entre hombres y mujeres y cuyo fin primordial era procrear y dar lugar a una familia.
La reforma del código civil, que permite ahora el matrimonio entre personas del mismo sexo, es el resultado de una larga lucha de la comunidad lésbico-gay, contra la represión, la discriminación y la conculcación de sus derechos.
Hasta hace apenas tres décadas, los homosexuales en México eran objeto de razzias, violencia y cárcel por parte de las autoridades, sin importar que se violaran sus derechos más elementales. Además de la represión del Estado, muchos homosexuales sufrían el desprecio de sus propios padres y hermanos en sus familias al grado que no pocos, decidieron suicidarse porque consideraban la situación insoportable para un ser humano.
En México los homosexuales tenían que vivir prácticamente en la clandestinidad: en su casa, en la escuela, en el trabajo y hasta en los lugares públicos, la población lésbico-gay debía ocultarse para no ser objeto de burla y violencia, sólo por tener preferencias sexuales diferentes a las llamadas “normales”.
Ningún ser humano deja de serlo por el color de su piel, por sus creencias, nacionalidad, sexo, edad o preferencia erótica, por tanto, sus derechos humanos y constitucionales, no pierden vigencia en ningún lugar, en ningún momento y por ningún motivo.
En muchas partes del mundo, y particularmente en nuestro país, se discriminaba, reprimía y violaban los derechos de la población lésbico-gay; y lo que ya era mucho pedir: se negaba la posibilidad de crear instituciones y leyes mediante las cuales el resultado de sus preferencias sexuales, estuviera regulado y tutelado por el Estado y la sociedad.
Fue hasta los años 70s que algunas organizaciones como el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR), el Grupo Lambda de Acción Homosexual y el Grupo Autónomo de Lesbianas Oikabet, decidieron emprender una lucha frontal y abierta contra las razzias y la defensa de los derechos de la población lésbico-gay. El resultado de las movilizaciones fue, en primer lugar, el crecimiento en número de los participantes en la lucha: los homosexuales ocultos en el closet, salieron a la luz pública insumisos y dispuestos a defender su dignidad humana.
La represión de la policía se detuvo en parte y las familias comenzaron a cuestionarse las actitudes discriminatorias y hasta de odio hacia sus hijos o hijas con preferencias sexuales diferentes, ese fue el segundo resultado importante; pero la lucha por los derechos homosexuales, aún no comenzaba.
Los intelectuales de las organizaciones lésbico-gays, discutían y cuestionaban diferentes aspectos del marco legal vigente, que directa o indirectamente violentaban o negaban los derechos de los homosexuales. El código penal era uno de los referentes en donde más claramente se discriminaba o se violaban los derechos de la poblaciónn lésbico-gay: delitos que se agravaban por la condición de ser homosexual, la propia homosexualidad considerada como un delito, prejuicios implícitos en la norma jurídica mediante los cuales, policías, ministerios públicos y jueces, asumían la naturaleza “maligna” del homosexual.
En el ámbito del derecho laboral la situación no era mejor. Aunque la homosexualidad no es causa de despido o motivo de sanción, la represión contra los homosexuales se ejerce a partir de considerar la “probidad” del trabajador y del pretexto de que la figura del homosexual lastima la “moral pública” y las “buenas costumbres”.
En el ámbito de lo civil, la comunidad lésbico-gay en México, no se había planteado la posibilidad del matrimonio que era visto como una institución heterosexual, aburguesada y represiva. Las consignas de los años setenta y ochenta dicen mucho acerca de lo que la comunidad lésbico-gay pensaba sobre el matrimonio, en sus marchas cantaban una parodia de la canción:
“No señor yo no me casaré
estoy enamorado pero de un hombre gay” (Para el caso de las lesbianas el final se cambiaba por . . .de otra mujer)
Las parejas homoeróticas vivían sus vidas con discreción, sufrían el desprecio de sus familias y la intolerancia de sus vecinos, pero en general su intimidad no se lastimaba. Algo inesperado surgió que modificó radicalmente la vida de las parejas lésbico-gay, sobre todo de estas últimas: el SIDA.
La agresividad de ese mal y su alta mortalidad, minó a la población gay: desprovista de cuidados médicos, sujeta a despidos y al desprecio de sus propios familiares, un homosexual enfermo de SIDA, no tenía ninguna posibilidad de vida, sólo su pareja, si la tenía, se ocupaba de él.
Ante la posibilidad real de morir de manera imprevista, las parejas, sobre todo gays, se cuestionaron seriamente el problema de la herencia y la seguridad social: ¿Cómo proteger a sus parejas? ¿Cómo garantizar que sus bienes no fueran objeto de rapiña de los familiares cercanos? ¿Qué medidas tomar para que su pareja enferma, sin empleo, abandonado por sus familiares y sin dinero, tuviera asistencia médica y pasara tranquila sus últimos días?
Nadie parece preguntarse por la tragedia de esos hombre y mujeres que por el hecho de ser homosexuales, veían morir a sus parejas sin tener ninguna posibilidad de ayudarlos o sufrir ellos mismos una muerte angustiosa mientras veían a su ser amado llorar impotente su desgracia.
A partir de esta nueva condición que planteaba el SIDA, la comunidad lésbico-gay, comenzó a cuestionar la posibilidad del reconocimiento legal de su unión en pareja, de modo que se garantizaran derechos similares al del matrimonio. Esta nueva etapa de su lucha se prolongó hasta el 16 de noviembre de 2006, fecha en la que se decretó la Ley de Sociedades de Convivencia para el Distrito Federal; norma que garantizaba ciertos derechos a las parejas lésbico-gays, pero aún incompleta.
En mi opinión la lucha seguiría un rumbo que llevaría a reformas sociales de trascendencia, el potencial transformador del movimiento lésbico-gay hacían suponer eso; sin embargo, terminó por subsumirse a una institución en crisis, como el matrimonio. Al parecer, prevaleció más el resentimiento de la comunidad lésbico-gay que su conciencia creativa y transformadora, la consigna fue: no someterse a la discriminación a costa incluso, de perder su capacidad revolucionaria.
¿Por qué el movimiento lésbico-gay prefirió someterse a una institución en crisis, en vez de crear nuevas, y además una conciencia diferente en la sociedad ante su realidad innegable?
Hoy tenemos la evidencia de que el matrimonio es una institución que no garantiza la realización de sus supuestos fines. Estudios internacionales y nacionales, teorías y prácticas documentadas, nos muestran la realidad de la sociedad actual, donde los divorcios se incrementan, la violencia intrafamiliar es motivo de alarma social y un nuevo tipo de familia monoparental está surgiendo. En México, la separación de las parejas heterosexuales casadas, se da en un alto porcentaje, sin recurrir a la disolución legal que es el divorcio, incluyendo aquellas uniones donde el matrimonio religioso se realizó. Las generaciones más jóvenes han recurrido al expediente de las uniones consensuales premaritales como forma de prevenir los desastres del matrimonio. La sociedad moderna está necesitada de un cambio radical de la forma en como se legaliza la unión de las parejas, ya que la actual institución se ha judicializado tanto, que se asume, antes del matrimonio, que dos posibles delincuentes contraerán nupcias.
Si hay algo criticable en la reforma al código civil del distrito federal que permite el matrimonio homosexual, es que quienes lo impulsaron buscaron más la publicidad electoral que la defensa de los derechos de la población lésbico-gay; que quienes apoyaron la reforma desde las organizaciones lésbico-gays, lo hicieron creyendo que el resentimiento se expresa mejor como consigna en una lucha contra la discriminación.
No me referiré ahora al tema de la adopción de niños por parte de las parejas homosexuales, terminaré diciendo que lamento que la comunidad lésbico-gay pierda gradualmente su potencial revolucionario y se regocije por sus pírricas victorias.
sábado, 14 de noviembre de 2009
MÉXICO Y LA NOVELA NEGRA
Un buen amigo me recomendó que leyera la trilogía de Stieg Larsson, un escritor sueco: Los hombres que no amaban a las mujeres, La niña que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire (todas en Editorial Planeta Mexicana S.A, de C.V). Stieg Larsson, hombre de una capacidad increíble para escribir y fabular, murió antes de ver publicadas sus novelas.
Periodista y luchador incansable contra el racismo y el maltrato a las mujeres en sus años mozos, también militó en las filas del marxismo revolucionario; fue y siguió siendo trotskista hasta su muerte. Gustaba de escribir compulsivamente, fumar y comer alimentos chatarra. Uno de sus amigos dijo: hizo todo lo posible por morir.
Stieg Larsson escribió cinco novelas de las cuales tres han sido publicadas, se habla de un cuarto volumen inédito, no sabemos si algún día será publicado, el quinto no lo será nunca, pues lo destruyó el autor. Larsson es una de esas rarezas de la literatura. Sus novelas, contadas con buen estilo y con un ritmo que no deja caer el suspenso, nos describen un mundo sombrío, lleno de maldad. En él, los ricos son la condensación del mal, la policía tradicionalmente corrupta y sus personajes principales están marcados por obsesiones y manías que los encadenan y determinan trágicamente cada uno de sus actos.
Vargas Llosa ha criticado la obra de Larsson, y de ella ha dicho que es, sin duda, destacable; aunque falto de rigor y con errores estructurales en la narración. Sin menosprecio de tan docta opinión, se tiene que aceptar que en el caso de Larsson, las grandes ventas coinciden con una buena crítica.
Tenía la intención de seguir el consejo de mi amigo leyendo las novelas en orden cronológico, no fue posible, porque la primera, Los hombres que no amaban a las mujeres, se había agotado, de modo que comencé por leer la segunda: La niña que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Confieso que el título en español no me gustó, me pareció largo e insípido, en el original sueco es “La niña que jugaba con fuego”, que se apega más al contenido de la novela. Fuera de eso, la lectura fue muy agradable, emocionante e instructivas, sin pretender ser didáctica. En la relación de los personajes, se da uno cuenta de cómo los hombres tratamos y percibimos a las mujeres, más allá de lo que comúnmente aceptamos; y nos enteramos de cómo las mujeres, en ese mundo larssoniano, construyen sus relaciones sexuales, que están muy lejos de cualquier estereotipo.
La muerte satura la existencia; pero no la muerte como un hecho biológico inevitable, sino la muerte inesperada y la mayor de las veces injusta y violenta. En la novela de Larsson, desde los primeros capítulos ocurre una muerte, en este caso el muerto se lo merecía. El personaje que propició la muerte es Lizbeth Salander, una chica de una sorprendente inteligencia innata, poca belleza, delgada, de baja estatura y de una gran sensibilidad. Será ella el centro de la novela y el resto de los personajes servirán para conocerla mejor, al mismo tiempo que juegan sus roles en un incesante actuar, que va de un asunto a otro, para que poco a poco vayan adquiriendo la unidad que permite develar el misterio en la vida de la Salander.
El inesperado final de la novela tiene un efecto doble: da respuesta a las interrogantes que ya para entonces se ha formulado el lector y a partir de la imagen concluyente, surgen nuevas dudas, que exigen continuar con la lectura de la trilogía. No tiene desperdicio.
Después de leer la novela mi interés por el autor creció, y me enteré que algunos críticos se sorprendían por la forma en como describía a la postmoderna Suecia en sus novelas. Lo cierto es que Larsson tomaba los temas de su obra de otros países, tanto europeos como americanos, y entre ellos ¡México!
Al parecer el escándalo de las muertas de Juárez llamó su atención y obtuvo la información necesaria para sus novelas. A pesar de lo poco edificante que ahora resultamos como ejemplo, de algo sirvió nuestra desgracia, un excelente autor nórdico hizo de la tragedia de Juárez una obra maestra de la novela negra.
Comentaba con Rebeca Romero que, en el mar de males que nos aquejan, brilla una esperanza: quizá podamos, algún día inspirar a un Premio Nobel de literatura, o Oaxaca llegue a ser la Comala de futuras novelas negras, de mucho éxito. Preocupa sin embargo que nuestros fabuladores se dediquen a la política y no a la literatura. Lo digo por el presidente Calderón, quien de pronto decreta el fin de la recesión, como desaparece empresas públicas sin más ni más; que ve un complot donde sólo hay ineficiencia y torpeza y que además gusta de las historias de guerra de buenos contra malos.
Del lado de la oposición también se cuecen habas. Andrés Manuel López Obrador insiste en escribir la historia del santo laico, una especie de san Martín de Porres, fray escoba, que en lugar del instrumento de limpieza sea retratado con un arado para que vean cómo se prepara la tierra para sembrar la semilla de la revolución. El PRI en cambio, no parece gustar de las obras de gran calado, prefiere los cuentos cortos, que entretengan y en ocasiones hasta hagan reír, como cuando declararon que votaron a favor del paquete fiscal calderonista, pero que ya preparan una reforma que resarcirá los daños. De veras, no sabe uno si reír o llorar.
No andamos escasos de talentos literarios, solo pasa que equivocaron la carrera.
Periodista y luchador incansable contra el racismo y el maltrato a las mujeres en sus años mozos, también militó en las filas del marxismo revolucionario; fue y siguió siendo trotskista hasta su muerte. Gustaba de escribir compulsivamente, fumar y comer alimentos chatarra. Uno de sus amigos dijo: hizo todo lo posible por morir.
Stieg Larsson escribió cinco novelas de las cuales tres han sido publicadas, se habla de un cuarto volumen inédito, no sabemos si algún día será publicado, el quinto no lo será nunca, pues lo destruyó el autor. Larsson es una de esas rarezas de la literatura. Sus novelas, contadas con buen estilo y con un ritmo que no deja caer el suspenso, nos describen un mundo sombrío, lleno de maldad. En él, los ricos son la condensación del mal, la policía tradicionalmente corrupta y sus personajes principales están marcados por obsesiones y manías que los encadenan y determinan trágicamente cada uno de sus actos.
Vargas Llosa ha criticado la obra de Larsson, y de ella ha dicho que es, sin duda, destacable; aunque falto de rigor y con errores estructurales en la narración. Sin menosprecio de tan docta opinión, se tiene que aceptar que en el caso de Larsson, las grandes ventas coinciden con una buena crítica.
Tenía la intención de seguir el consejo de mi amigo leyendo las novelas en orden cronológico, no fue posible, porque la primera, Los hombres que no amaban a las mujeres, se había agotado, de modo que comencé por leer la segunda: La niña que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Confieso que el título en español no me gustó, me pareció largo e insípido, en el original sueco es “La niña que jugaba con fuego”, que se apega más al contenido de la novela. Fuera de eso, la lectura fue muy agradable, emocionante e instructivas, sin pretender ser didáctica. En la relación de los personajes, se da uno cuenta de cómo los hombres tratamos y percibimos a las mujeres, más allá de lo que comúnmente aceptamos; y nos enteramos de cómo las mujeres, en ese mundo larssoniano, construyen sus relaciones sexuales, que están muy lejos de cualquier estereotipo.
La muerte satura la existencia; pero no la muerte como un hecho biológico inevitable, sino la muerte inesperada y la mayor de las veces injusta y violenta. En la novela de Larsson, desde los primeros capítulos ocurre una muerte, en este caso el muerto se lo merecía. El personaje que propició la muerte es Lizbeth Salander, una chica de una sorprendente inteligencia innata, poca belleza, delgada, de baja estatura y de una gran sensibilidad. Será ella el centro de la novela y el resto de los personajes servirán para conocerla mejor, al mismo tiempo que juegan sus roles en un incesante actuar, que va de un asunto a otro, para que poco a poco vayan adquiriendo la unidad que permite develar el misterio en la vida de la Salander.
El inesperado final de la novela tiene un efecto doble: da respuesta a las interrogantes que ya para entonces se ha formulado el lector y a partir de la imagen concluyente, surgen nuevas dudas, que exigen continuar con la lectura de la trilogía. No tiene desperdicio.
Después de leer la novela mi interés por el autor creció, y me enteré que algunos críticos se sorprendían por la forma en como describía a la postmoderna Suecia en sus novelas. Lo cierto es que Larsson tomaba los temas de su obra de otros países, tanto europeos como americanos, y entre ellos ¡México!
Al parecer el escándalo de las muertas de Juárez llamó su atención y obtuvo la información necesaria para sus novelas. A pesar de lo poco edificante que ahora resultamos como ejemplo, de algo sirvió nuestra desgracia, un excelente autor nórdico hizo de la tragedia de Juárez una obra maestra de la novela negra.
Comentaba con Rebeca Romero que, en el mar de males que nos aquejan, brilla una esperanza: quizá podamos, algún día inspirar a un Premio Nobel de literatura, o Oaxaca llegue a ser la Comala de futuras novelas negras, de mucho éxito. Preocupa sin embargo que nuestros fabuladores se dediquen a la política y no a la literatura. Lo digo por el presidente Calderón, quien de pronto decreta el fin de la recesión, como desaparece empresas públicas sin más ni más; que ve un complot donde sólo hay ineficiencia y torpeza y que además gusta de las historias de guerra de buenos contra malos.
Del lado de la oposición también se cuecen habas. Andrés Manuel López Obrador insiste en escribir la historia del santo laico, una especie de san Martín de Porres, fray escoba, que en lugar del instrumento de limpieza sea retratado con un arado para que vean cómo se prepara la tierra para sembrar la semilla de la revolución. El PRI en cambio, no parece gustar de las obras de gran calado, prefiere los cuentos cortos, que entretengan y en ocasiones hasta hagan reír, como cuando declararon que votaron a favor del paquete fiscal calderonista, pero que ya preparan una reforma que resarcirá los daños. De veras, no sabe uno si reír o llorar.
No andamos escasos de talentos literarios, solo pasa que equivocaron la carrera.
lunes, 9 de noviembre de 2009
MÉXICO Y LAS DEFINICIONES
El presidente Felipe Calderón declaró que la economía del país muestra signos de recuperación; pero muchos se apresuraron a contradecirlo. Lo que se puede observar y sentir, es que los ingresos de la mayoría de las familias mexicanas resultan cada vez más precarios. Algunos especialistas en economía, afirmaron que la recuperación del país puede iniciar en el 2012, lo cual no es nada alentador; mientras tanto ¿qué proponen los gobernantes y los líderes políticos en México? Nada nuevo, ni siquiera algo que dé confianza en el futuro.
La crisis económica por sí misma es dolorosa; pero lo temible es la ausencia de respuestas por parte de quienes ostentan la dirección del país. El gobierno federal se ha limitado a decir que combatirá la pobreza; pero no queda claro el cómo. Los partidos políticos parecen paralizados y algunos que alzan la voz, lo hacen para criticar al gobierno, pero no proponen nada y lo peor es que, al parecer, sus posiciones ganadas en algunos estados o en el congreso federal, no sirven de gran cosa.
La receta económica que sigue el gobierno federal, se agota en los contenidos del llamado Consenso de Washington, no parece haber más propuestas. El tristemente célebre Consenso, comenzó siendo una receta para reestructurar la deuda de países como México y terminó siendo un "modelo" de política económica que hasta su autor se ha encargado de descalificar (John Williamson). El mismísimo Carlos Salinas de Gortari ha afirmado que el Consenso de Washington, ha sido utilizado para desmantelar economías enteras, como fue el caso de la ex Unión de Repúblicas Socialistas y Soviéticas (URSS); de modo que entiendo que hoy, al aplicarlo a nuestro país, se desmantela la economía de México ( Ver: Carlos Salinas de Gortari. La "Década perdida". 1995-2006. Neoliberalismo y populismo en México. Random House Mondadori, S.A. de C.V. 2008. México.). Nadie parece dispuesto a detener esta siniestra misión.
En el contexto de este inercial mutismo, continúa la masacre en la llamada guerra contra y entre el crimen organizado; por otra parte, la pobreza obliga a la acción criminal, y no me refiero sólo a los ciudadanos comunes, sino a quienes desde el poder se corrompen y actúan de manera ilegal. Algunos han llegado a sentirse salvadores de la patria y se atreven incluso a sostener que la acción fuera de la ley, es el método correcto para combatir al crimen organizado. Paradojas de este tipo irán apareciendo con más frecuencia; porque cuando un sistema se cierra, sus contradicciones internas comienzan a consumirlo. No me refiero a un "sistema social"; sino a un sistema de pensamiento. Si buscamos soluciones a un problema nuevo, mal haríamos en cerrarnos en el conjunto de ideas y premisas que con su aplicación, produjeron los males y limitarnos a él para construir respuestas. Por principio debemos abrir nuestra manera de pensar.
Desde luego no basta con ser receptivo a las nuevas ideas, hay que ser además juicioso vemos porqué:
El Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ha señalado con valentía las causas de los males que nos aquejan. Su reclamo surge a raíz del desprecio que la derecha siente por la alta cultura y más aún, por la educación popular.
El Dr. José Narro Robles hizo un análisis de la situación del país y sus rezagos en materia económica, social, educativa y científica y su conclusión fue terminante:
Hay en el país una creciente desigualdad, combinada con una concentración de la riqueza. México es una nación desgarrada, porque en su interior coexisten localidades con un índice de desarrollo humano igual al de los Estados Unidos y otras por debajo del promedio de los países africanos (José Narro Robles. Educación superior para el desarrollo. En la revista "Este país. Tendencias y Opiniones. Octubre de 2009. pp.23-29).
La causa de todo esto reside en el hecho de que quienes dirigen los destinos del país, se basan en modelos teóricos y no en la realidad social de México. Dice el Rector de la UNAM: si se piensa en salir de la crisis, más allá de lo circunstancial, el Estado debería ver hacía la educación, sobre todo hacía la educación superior.
Quizá no aporte el Dr. Narro nada nuevo al diagnóstico de la situación de México, lo novedoso no es lo planteado por el Rector, sino su actitud: el tomar partido por quienes quieren a México y trabajan para lograr su desarrollo y la mejoría de su población. Poco a poco se irán deslindando los campos. Más y más líderes de instituciones nacionales, líderes de opinión, intelectuales, artistas, científicos y simples ciudadanos irán definiendo su postura por uno u otro bando.
No veremos un escenario maniqueo de buenos contra malos, porque cada quien definirá su postura desde el lugar en el que se encuentre, y esto irá matizando la situación; pero el sentido general será el de la inevitable definición, pero se complicará, porque los políticos oportunistas se pronunciarán a favor de quienes vayan ganando terreno en esta lucha sorda por salvar a México y será difícil distinguir entre quienes actúan por convicción y los hipócritas.
Esto de "salvar a México" no es retórica. La URSS, como he dicho, fue prácticamente desmantelada y la nueva Rusia se repuso sobre un Estado en ruinas . Varios países de Oriente Medio y África están siendo saqueados a la vista de todos, lo mismo que nuestro país.
El Dr. José Narro se ha definido desde su alta investidura como Rector de nuestra Alma Mater. Otros no tardarán en hacerlo.
Un ejemplo es el siguiente: en el reciente número de la revista Nexos del mes de noviembre, Jorge G. Castañeda y Héctor Aguilar Camín, han formulado su propuesta ( Un futuro para México. Nexos. Nº 383, noviembre de 2009, pp.:34-49). Ambos son hombres inteligentes y con una sólida formación académica, además de una variada experiencia política. De sus planteamientos no daré cuenta, sino en otra entrega en este mismo espacio editorial. El lector interesado podrá, en todo caso, consultar lo que ellos proponen en la citada revista, por lo pronto sólo quiero contrastar la posición de estos autores con la del Dr. José Narro.
El Rector de nuestra Máxima Casa de Estudios ha definido su postura desde una posición plenamente identificable: la rectoría de la UNAM. Esto permite valorar las ventajas y los riesgos de lo que el Dr. Narro declara y propone, todo ello en función de intereses visibles: lucha por incrementar el presupuesto de la institución que dirige y se propone mejorar a la Universidad Nacional, que además es una institución pública. No sucede lo mismo con Jorge Castañeda y Héctor Aguilar Camín ¿ cuál es el locus desde el que analizan la situación del país? ¿ cuáles son los intereses que representan, si es que representan alguno?
No quiero que se me mal interprete, no estoy en contra ni critico a priori lo que ambos autores proponen, por el contrario, algunas de sus propuestas, como ya lo explicaré en un artículo próximo, me parecen interesantes; lo que quiero destacar es que en este proceso de definiciones individuales y grupales que se harán públicas con motivo de la difícil situación que vive el país, es importante que quien proponga o declare, lo haga a partir de una posición identificable y con los intereses que defienda o represente puestos en el tapete; ya que es de esperar que nadie que actúe dentro de la ley y honestamente, debería ocultar sus propósitos.
Castañeda y Aguilar Camín formulan su propuesta desde la revista Nexos, ¿ son esos los intereses que representan? No lo dicen. ¿ Representan a alguna organización ciudadana con fines establecidos? No lo sé. ¿ Lo hacen a titulo personal? No lo aclaran. En fin, no se trata de descalificar sino de identificar de dónde parte la propuesta para comprenderla mejor.
La forma de hacerlo, en mi opinión, es identificar el lugar y los intereses de donde surgen y motivan los argumentos, después vendría la reflexión sobre lo que se afirma y posteriormente, continuar el diálogo que permita las coincidencias o mejor aún, que enriquezca los planteamientos, todo ello en el contexto de un proceso de comunicación donde impere el respeto hacia el interlocutor y sus propuestas.
Vivimos tiempos de definiciones, quizá lo único bueno que ha traído la crisis. Tengo la confianza en que sabremos, como país, construir un México mejor; debemos empezar por escucharnos.
La crisis económica por sí misma es dolorosa; pero lo temible es la ausencia de respuestas por parte de quienes ostentan la dirección del país. El gobierno federal se ha limitado a decir que combatirá la pobreza; pero no queda claro el cómo. Los partidos políticos parecen paralizados y algunos que alzan la voz, lo hacen para criticar al gobierno, pero no proponen nada y lo peor es que, al parecer, sus posiciones ganadas en algunos estados o en el congreso federal, no sirven de gran cosa.
La receta económica que sigue el gobierno federal, se agota en los contenidos del llamado Consenso de Washington, no parece haber más propuestas. El tristemente célebre Consenso, comenzó siendo una receta para reestructurar la deuda de países como México y terminó siendo un "modelo" de política económica que hasta su autor se ha encargado de descalificar (John Williamson). El mismísimo Carlos Salinas de Gortari ha afirmado que el Consenso de Washington, ha sido utilizado para desmantelar economías enteras, como fue el caso de la ex Unión de Repúblicas Socialistas y Soviéticas (URSS); de modo que entiendo que hoy, al aplicarlo a nuestro país, se desmantela la economía de México ( Ver: Carlos Salinas de Gortari. La "Década perdida". 1995-2006. Neoliberalismo y populismo en México. Random House Mondadori, S.A. de C.V. 2008. México.). Nadie parece dispuesto a detener esta siniestra misión.
En el contexto de este inercial mutismo, continúa la masacre en la llamada guerra contra y entre el crimen organizado; por otra parte, la pobreza obliga a la acción criminal, y no me refiero sólo a los ciudadanos comunes, sino a quienes desde el poder se corrompen y actúan de manera ilegal. Algunos han llegado a sentirse salvadores de la patria y se atreven incluso a sostener que la acción fuera de la ley, es el método correcto para combatir al crimen organizado. Paradojas de este tipo irán apareciendo con más frecuencia; porque cuando un sistema se cierra, sus contradicciones internas comienzan a consumirlo. No me refiero a un "sistema social"; sino a un sistema de pensamiento. Si buscamos soluciones a un problema nuevo, mal haríamos en cerrarnos en el conjunto de ideas y premisas que con su aplicación, produjeron los males y limitarnos a él para construir respuestas. Por principio debemos abrir nuestra manera de pensar.
Desde luego no basta con ser receptivo a las nuevas ideas, hay que ser además juicioso vemos porqué:
El Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ha señalado con valentía las causas de los males que nos aquejan. Su reclamo surge a raíz del desprecio que la derecha siente por la alta cultura y más aún, por la educación popular.
El Dr. José Narro Robles hizo un análisis de la situación del país y sus rezagos en materia económica, social, educativa y científica y su conclusión fue terminante:
Hay en el país una creciente desigualdad, combinada con una concentración de la riqueza. México es una nación desgarrada, porque en su interior coexisten localidades con un índice de desarrollo humano igual al de los Estados Unidos y otras por debajo del promedio de los países africanos (José Narro Robles. Educación superior para el desarrollo. En la revista "Este país. Tendencias y Opiniones. Octubre de 2009. pp.23-29).
La causa de todo esto reside en el hecho de que quienes dirigen los destinos del país, se basan en modelos teóricos y no en la realidad social de México. Dice el Rector de la UNAM: si se piensa en salir de la crisis, más allá de lo circunstancial, el Estado debería ver hacía la educación, sobre todo hacía la educación superior.
Quizá no aporte el Dr. Narro nada nuevo al diagnóstico de la situación de México, lo novedoso no es lo planteado por el Rector, sino su actitud: el tomar partido por quienes quieren a México y trabajan para lograr su desarrollo y la mejoría de su población. Poco a poco se irán deslindando los campos. Más y más líderes de instituciones nacionales, líderes de opinión, intelectuales, artistas, científicos y simples ciudadanos irán definiendo su postura por uno u otro bando.
No veremos un escenario maniqueo de buenos contra malos, porque cada quien definirá su postura desde el lugar en el que se encuentre, y esto irá matizando la situación; pero el sentido general será el de la inevitable definición, pero se complicará, porque los políticos oportunistas se pronunciarán a favor de quienes vayan ganando terreno en esta lucha sorda por salvar a México y será difícil distinguir entre quienes actúan por convicción y los hipócritas.
Esto de "salvar a México" no es retórica. La URSS, como he dicho, fue prácticamente desmantelada y la nueva Rusia se repuso sobre un Estado en ruinas . Varios países de Oriente Medio y África están siendo saqueados a la vista de todos, lo mismo que nuestro país.
El Dr. José Narro se ha definido desde su alta investidura como Rector de nuestra Alma Mater. Otros no tardarán en hacerlo.
Un ejemplo es el siguiente: en el reciente número de la revista Nexos del mes de noviembre, Jorge G. Castañeda y Héctor Aguilar Camín, han formulado su propuesta ( Un futuro para México. Nexos. Nº 383, noviembre de 2009, pp.:34-49). Ambos son hombres inteligentes y con una sólida formación académica, además de una variada experiencia política. De sus planteamientos no daré cuenta, sino en otra entrega en este mismo espacio editorial. El lector interesado podrá, en todo caso, consultar lo que ellos proponen en la citada revista, por lo pronto sólo quiero contrastar la posición de estos autores con la del Dr. José Narro.
El Rector de nuestra Máxima Casa de Estudios ha definido su postura desde una posición plenamente identificable: la rectoría de la UNAM. Esto permite valorar las ventajas y los riesgos de lo que el Dr. Narro declara y propone, todo ello en función de intereses visibles: lucha por incrementar el presupuesto de la institución que dirige y se propone mejorar a la Universidad Nacional, que además es una institución pública. No sucede lo mismo con Jorge Castañeda y Héctor Aguilar Camín ¿ cuál es el locus desde el que analizan la situación del país? ¿ cuáles son los intereses que representan, si es que representan alguno?
No quiero que se me mal interprete, no estoy en contra ni critico a priori lo que ambos autores proponen, por el contrario, algunas de sus propuestas, como ya lo explicaré en un artículo próximo, me parecen interesantes; lo que quiero destacar es que en este proceso de definiciones individuales y grupales que se harán públicas con motivo de la difícil situación que vive el país, es importante que quien proponga o declare, lo haga a partir de una posición identificable y con los intereses que defienda o represente puestos en el tapete; ya que es de esperar que nadie que actúe dentro de la ley y honestamente, debería ocultar sus propósitos.
Castañeda y Aguilar Camín formulan su propuesta desde la revista Nexos, ¿ son esos los intereses que representan? No lo dicen. ¿ Representan a alguna organización ciudadana con fines establecidos? No lo sé. ¿ Lo hacen a titulo personal? No lo aclaran. En fin, no se trata de descalificar sino de identificar de dónde parte la propuesta para comprenderla mejor.
La forma de hacerlo, en mi opinión, es identificar el lugar y los intereses de donde surgen y motivan los argumentos, después vendría la reflexión sobre lo que se afirma y posteriormente, continuar el diálogo que permita las coincidencias o mejor aún, que enriquezca los planteamientos, todo ello en el contexto de un proceso de comunicación donde impere el respeto hacia el interlocutor y sus propuestas.
Vivimos tiempos de definiciones, quizá lo único bueno que ha traído la crisis. Tengo la confianza en que sabremos, como país, construir un México mejor; debemos empezar por escucharnos.
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