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miércoles, 15 de septiembre de 2010

¡AY CUBA,CUBA,CUBA!

Tengo, como tal vez muchos mexicanos, un especial afecto por el pueblo cubano y su patria. La Cuba hermosa de playas doradas bajo un sol que, además de dar calor, crea un ambiente que llama a la aventura. Cuba de las mujeres hermosas, resultado de esa mezcla de sangre africana con española. Cuba de la gente alegre. Cuba de los años treinta y cuarenta, tierra de arte; pero también de frivolidades. Cuba de la música que hace que a uno se le suba el santo. Cuba de Carpentier. Cuba de la esperanza juvenil en la revolución. Esa es para mí la Cuba entrañable.

Cuando tenía diecisiete años, Cuba era para mi la tierra del socialismo. Mis amigos, la mayoría de ellos jóvenes revolucionarios, soñaban, al igual que yo, con ayudar a construir el socialismo en la Cuba de Fidel Castro. Poco sabíamos de lo que había costado en vidas, en pérdida de libertad, en infinidad de sufrimientos, el que Castro hubiera llegado y se hubiera mantenido en el poder; sólo veíamos cómo la Revolución Cubana servía de ejemplo a los pueblos latinoamericanos que deseaban conseguir su liberación. O eso creíamos.

A Guillermo Petrikowsky le entró la revolución por la oreja una noche de 1959 cuando escuchaba Radio Rebelde. A mí me llegó el sonido de la revolución en las arengas de la Segunda Declaración de la Habana(1967); cargaba entonces conmigo una pesada grabadora de inmensos carretes y a todo aquel que se dejaba, lo ponía a escuchar el discurso de Fidel en esa hora cumbre de la revolución latinoamericana. Una de mis víctimas fue Jesús Vicente, quien escuchó embelesado el discurso de Castro y la música cubana. Desde entonces Jesús no fue ya el mismo, se transformó en el “Dormis” socialista y coceísta entregado a las causas del pueblo. No sé si fue esa noche que escuchó en Juchitán, en casa de Na Nata, la Segunda Declaración de la Habana, que se convirtió al socialismo o fue mera coincidencia; pero ya no fue el mismo, de niño se convirtió en un adulto que, en el cuerpo de un jovenzuelo, ansiaba la revolución.

En 1974 era un trotskista que amaba a Cuba a pesar de considerarla entonces un país socialista con un “Estado Obrero degenerado”. Sabía de la falta de libertades en Cuba, igual que en la Unión Soviética; pero lo justificaba pensando que los enemigos de la revolución obligaban a un control férreo de la situación. A pesar de las críticas, los resultados estaban a la vista: el pueblo alfabetizado, con un sistema de salud como ningún otro en el mundo, sin problemas de vivienda, alimentos racionados, pero había para todos, no trabajaba quien no quería, la educación y la investigación científica en pleno despegue, las artes puestas a favor de las causas del pueblo, idea esta última que sintetizaba las aspiraciones de justicia, libertad, igualdad, bienestar, cultura, ciencia, democracia, amor, diversión, desarrollo personal y colectivo y sobre todo, fraternidad. Sí, una parte de Cuba sufría la dictadura del proletariado; pero era innegable que representaba un avance para la humanidad y esa realidad revolucionaria estaba en América Latina, a unos cuantos kilómetros de las costas de México.

Después de algunos viajes “revolucionarios”, volví a Cuba en el año 2001, me encontré a algunos amigos y me hice de otros, mi interés se centraba entonces en conocer la experiencia Cubana de lo que llamaban la universalización de la educación superior. La idea llamaba mi atención, porque en una economía planificada, la formación de la fuerza de trabajo calificada responde a necesidades y objetivos específicos y no simplemente a una consigna.

En el auditorio Karl Marx de la Habana, platicaba con un alto funcionario cubano y le pregunté: ¿ Cómo van a conciliar las exigencias de una economía planificada con la política de universalizar la educación superior? No lo sabemos, me respondió, es una idea del Comandante que estamos analizando. Me sorprendió la respuesta: "¿que estamos analizando?" ¡Pero si el programa ya estaba en marcha! Entonces comprendí el abismo que se abría entre la Cuba de la Segunda Declaración de la Habana, y la que ahora tenía la oportunidad de vivir.

La realidad era que el gobierno cubano había despedido a muchos trabajadores de la industria azucarera, por el derrumbe de la Unión Soviética; había perdido su principal fuente de ingresos, y ahora disfrazaba el pago del seguro de desempleo, con el pago de una beca para "reconvertir" a su fuerza de trabajo. Eso era la esencia del programa de universalizar la educación superior, política que se disfrazaba con un discurso socialista de profundizar la revolución avanzando hacia la alta cultura.

Después de la corta plática con el alto funcionario, vino el discurso de Fidel en el escenario del auditorio Karl Marx. Cinco horas duró su discurso que prometió que sería breve,aunque agotado, comprendí el porqué ese hombre es capaz de adormecer a su pueblo con su palabra y llevarlo al sacrificio sin que nadie proteste; claro, mientras dure la ilusión creada por el discurso.

Salimos ya por la tarde del auditorio, el alto funcionario cubano se despidió amablemente de nosotros y nos dirigimos hacia la Habana Vieja, donde encontramos a nuestro amigo, a quien llamaré Lázaro y lo invitamos a comer al paladar que él mismo nos sugirió y donde una vez sentados a la mesa, la dueña se negaba a servirle, hasta que molesto, le pedí que por favor le sirviera, porque era nuestro invitado. Así viven los cubanos, como si fueran refugiados indeseables en su propia patria, la tierra de Martí y del socialismo.

Lázaro no quería comerse la chuleta, no por falta de apetito, sino porque quería llevársela a su mujer e hija, para que se la comieran, pues llevaban años sin probarla. Tuvimos que convencerlo de que si se la comía, compraríamos otra orden para ellas; sólo así aceptó y disfrutó con nosotros la comida.

La casa de Lázaro es como la de la mayoría de los cubanos: pequeña, poco iluminada, en un edificio húmedo casi en ruinas al que nadie parece darle mantenimiento. Los edificios de departamentos de la Habana Vieja, tienen algo que llama la atención, están envueltos en una especie de spaguetti de cables eléctricos que salen por todas partes amenazando con ahorcarte si no tienes cuidado con ellos.

Cuando llegamos a su casa, su joven y bella esposa nos dijo que su hijita había estado enferma del estómago, pero que ya había sanado gracias a que consiguieron bicarbonato y eso la había aliviado. Debe saber el lector que en Cuba es muy difícil conseguir bicarbonato, Lázaro y su esposa tenían algunos gramos de ese polvo envuelto en papel de estraza y guardado en el frío (refrigerador) como si fuese oro molido. Nos dolió ver aquello, al día siguiente le llevamos un frasco gigante de pepto bismol, que no conocían, y les dijimos que hacía el mismo efecto que el bicarbonato, pero en líquido. Lázaro todavía me agradece ese favor; no sé si porque aún conserva el frasco de pepto, que seguramente cuida como la niña de sus ojos.

En ese año y todos los demás hasta el 2006, los cubanos vivieron una especie de resurrección debido a la apertura del sector turístico, que les llevó divisas, reactivó su economía y les hizo abrirse un poco al mundo. Muchas familias cubanas, sobre todo en el medio urbano, reconstruyeron sus casas, compraron algunos bienes duraderos y, lo más importante, lograron ahorrar. Pero algo sucedió en la élite gobernante, eran los tiempos en que Fidel ya comenzaba a verse enfermo y su hermano Raúl aparecía en público como el seguro sucesor del Comandante.

Algo pasó, porque cuando regresamos a Cuba en 2007, el ambiente y el ánimo de los cubanos estaban desconocidos. Otro amigo nuestro, a quien llamaré Juanito, se quejaba amargamente con nosotros: "compadre, habíamos ahorrado algunos dolaritos (pesos cubanos convertibles) y de pronto nos dieron la noticia que el dólar no circularía más en Cuba, y quienes quisieran cambiar sus pesos convertibles, tenían que ir a las casetas de los bancos a cambiarlos por menos de la mitad de su valor, so pena de perderlo todo". Eso fue un asalto a mano armada del gobierno cubano a su población. La gente vio cómo se hacían polvo sus ahorros, ya que el peso convertible se vinculaba al euro y no más al dólar de nauseabundo olor imperialista.

Llegamos a la casa de Juanito, que por cierto había construido otras recámaras y ampliado la sala con lo que le ingresó entre 2000 y 2006. ¡Oh, frío nuevo! le dijimos entusiasmados; pero pronto se nos calló la alegría cuando nos dijeron que el gobierno les había obligado a comprar a plazos el nuevo refrigerador para apoyar la política de ahorro de energía. Estaban muy molestos.

El 2007 no fue ya un año bueno para los cubanos, comenzó a cerrarse la breve apertura al turismo y se desarticuló el incipiente sector privado que floreció, efímero, durante el período especial( 1991-1994) y algunos años después de él. La revolución volvía a cerrar su economía y llamaba a la movilización del pueblo para defender a la patria socialista del imperialismo, que ahora acechaba con mayor ferocidad. Pero el discurso oficial sonaba hueco. El primero de mayo de ese año, la Plaza de la Revolución, escenario de la Segunda Declaración de la Habana, se llenó por primera vez de acarreados al estilo del PRI en sus mejores tiempos.

Supe que, a partir de entonces la cosa no iba a ser igual en Cuba. Por eso Leticia y yo, con lágrimas en el corazón, decidimos no volver, y así ha sido hasta hoy. Me entero ahora de que el gobierno cubano ha despedido a 600 mil trabajadores y que en lo que resta del año, llegarán al millón. Quien haya vivido en Cuba sabe el terrible significado de esa noticia. No serán precisamente los campesinos los que sufran, sino la clase media, el orgullo educativo de la revolución se verá obligada a conducir coco-taxis cargando sus títulos de doctores en economía en la espalda, otros se irán a refugiar al campo bajo la protección de un guajiro natural que los acepte, las mujeres jóvenes, inteligentes y hermosas se prostituirán con viejos adinerados que ahora puedan pagar las altas tarifas del turismo que oferta el gobierno de la revolución.

De mis amigos allá no sé gran cosa, me imagino la angustia que están pasando; lamentablemente no me puedo comunicar con ellos por las restricciones que les impone el propio gobierno, incluso por internet, o especialmente en internet. Espero que estén bien y esta nueva crisis de su país no los afecte demasiado.

Con todo y la decisión de no volver, a veces quiero regresar a la isla; pero no puedo llegar con las manos vacías, al menos, me gustaría ver a mis amigos y poder decirles: ¡vámonos a México, allá las cosas están mejor! Pero sería engañarlos, quizás de modo peor de lo que lo hace ahora Fidel, por boca de Raúl.

Volveré a escuchar la Segunda Declaración de la Habana, tal vez el Fidel de entonces, me ayude a encontrar una salida para contrarrestar al Fidel de hoy y de paso combatir a quienes tienen a México al borde del colapso.

domingo, 10 de enero de 2010

CUANDO EL PASADO NOS ALCANCE

Hemos llegado al 2010 y cobran fuerza las profecías. La historia muestra que casi todas las naciones en crisis, presentan el mismo fenómeno: el hartazgo social se sublima en evangelios o se expresa en amargas profecías. En México sucede algo similar, los profetas de la revolución anuncian la insurrección armada del pueblo; no se dan cuenta que el levantamiento popular comenzó hace diez años.
La guerra que vivimos en estos tiempos, ciertamente es la expresión de la lucha violenta contra el crimen organizado; pero no hay que perder de vista que quienes hoy toman las armas contra el ejército nacional, son mexicanos que al parecer no vieron otra alternativa que la ilegalidad y hacer la guerra a las instituciones. Es parte del pueblo en armas, que combate sin el romanticismo de la revolución, es una lucha contra el crimen que toma la forma de guerra civil. Nuestros profetas no están equivocados, sólo predican con retraso.
Nadie niega la necesidad de combatir al narcotráfico y someterlo al orden constitucional, pero debemos reconocer que quienes mueren del otro lado, son mexicanos y que es doloroso que muera uno sólo de nosotros, por la razón que sea. De modo que urge superar esta situación de violencia y muerte, y para ello necesitamos de un gobierno fuerte, legitimado sin sombra de duda y ciertamente al servicio de todos los mexicanos.
La crisis económica no es la mejor condición para resolver el problema del narcotráfico, ni ningún otro. Las medidas adoptadas por el gobierno federal no son una solución para el pueblo, sino para que una minoría pueda sortear la crisis económica a expensas de los demás. Está más que documentado que existen formas de superar la situación que actualmente vive el país, lo que no hay es voluntad de resolver las dificultades con base en el bien común. Por eso, entre otras cosas, es necesario transformar el sistema político, de manera que lleguen al gobierno y sean representantes del pueblo, nuestros mejores hombres y mujeres.
Si se realizara la reforma política, nos quedaría aún el problema de la eticidad en dicha actividad. Este es un asunto que se resuelve con una educación de nuevo tipo, pero no podemos, por ahora, más que confiar que existen hombres y mujeres con la moral necesaria para poner en movimiento las potestas de las que habla Enrique Dussel ( Política de la liberación. Vol. II. Ed. Trotta.2009)
Pero una transformación política sin contenido, es como un barco sin rumbo, que cuenta con un buen capitán y una tripulación experta; pero sin la menor idea del puerto en el que habrán de atracar. Es por tanto también necesario, darle contenido a la reforma política, dar respuesta a la pregunta: ¿Qué país queremos?.
La revista Nexos publicó en su último número, los resultados de una encuesta en la que se le pregunta a los mexicanos qué tipo de país les gustaría que fuera México. Por la ingenuidad y lo irrelevante de sus resultados, no me parece de interés comentar las conclusiones del estudio; sólo diré que esa no es la forma de hacer las cosas; sin duda hay otra, a la que me referiré enseguida:
Desafortunadamente, la mayoría de los mexicanos, agobiados por la pobreza y la marginación, resumen su sentir en la necesidad de seguridad, alimento, salud y tal vez educación; es decir, lo que cualquier persona de cualquier país querría para sí y para su familia. Esos mexicanos no tienen tiempo ni paciencia para diseñar el sistema social que sería capaz de dotarlos de todo aquello que necesitan, esa es tarea de los hombres y mujeres ilustrados de México, en ellos cabe delegar esa función en la medida en que se comprometan a hacerlo por el bien común.
Hoy que los festejos del bicentenario de la Independencia nacional y el centenario de la Revolución de 1910 se iniciarán, bien podría realizarse un programa conmemorativo sobre tres ejes: un programa nacional anticrisis, un frente nacional por la transformación del sistema político y un proceso de reflexión histórica sobre nuestra independencia nacional y la revolución social.
La primera tarea le corresponde al gobierno y a quienes actúan en el campo de lo económico, la segunda al pueblo organizado y a quienes se asumen como sus representantes y la última a los intelectuales del país.
La reflexión histórica sobre la independencia y la revolución, debe orientarse hacia la formulación de un balance del estado que guarda la nación después de doscientos años de independencia y un siglo de revolución, y las perspectivas que se nos presentan para cumplir con los objetivos planteados para México desde esos dos procesos históricos, que son mediados, además, por la construcción de la república liberal juarista.
Es esa una tarea difícil y compleja; pero impostergable. Si el 2010 es un año definitivo, lo es por la necesidad de construir un proyecto de nación que le dé sentido y coherencia a nuestro desarrollo y no por la fatalidad de una insurrección social, que como he dicho, ha iniciado ya en cierta forma.
En Oaxaca, las comisiones públicas de los festejos de la independencia y la revolución deberían propiciar un programa con la orientación señalada, de lo contrario, bastará con algunos juegos florales, dos o tres publicaciones y un concurso de oratoria para que se den por satisfechos. Todo habrá sido en vano.
Si por el contrario asumen, desde la función pública, un compromiso con los dos procesos históricos que pretenden celebrar, al menos tendrían que incluir los dos últimos ejes del programa propuesto. Los profesionistas, intelectuales, artistas, las universidades e institutos de educación superior y las organizaciones sociales, tienen mucho que aportar a la luz de lo que significan la independencia y la revolución mexicanas. Este año del 2010, podemos aprovecharlo para formular el proyecto de país que anhelamos, acotado por lo que nos dice la experiencia de nuestra propia historia.
Cuando sepamos servirnos de la historia para comprender nuestro presente y potenciar nuestra capacidad para diseñar el futuro, cuando el pasado nos alcance en nuestro alocada huida hacia un futuro incierto, los mexicanos seremos un pueblo poderoso y justo, capaz de construir una gran nación, rica, equitativa e independiente. Oaxaca tiene mucho que hacer en todo esto.